Biografía

 

Yo no nací donde nací ni donde me crié sino en Popayán, la tierra de mis padres. Muchas deben de ser las familias que, en mayor o menor grado, implantan memorias vicarias en sus descendientes, fomentando así, sin demasiada conciencia, el sentimiento de desarraigo. Por eso a mis hijos les hablé poco de mis orígenes. Sin embargo, no han acabado siendo muy de aquí, de Barcelona, su tierra natal, aunque tampoco son de Bogotá del modo en que yo soy de Popayán.

Recuerdo los primeros años de mis padres en su ciudad encalada con mayor nitidez que los territorios de mi propia infancia. No recuerdo, por ejemplo, ni tan siquiera el nombre de las calles donde viví de niña. En cambio, sí la Iglesia de la Ermita, el Puente del Humilladero o la Calle del Empedrado, por la que paseaba mi madre, orgullosa con su vestido nuevo.

Del mismo modo habito Yambitará, la quinta donde mi padre pasaba las vacaciones de pequeño. Veo a su madre —fallecida varios lustros antes de mi nacimiento— montada a caballo: ¡con qué elegancia cabalgaba, con qué dominio sorteaba vericuetos! Hasta hace poco recordaba el nombre del mayordomo de aquella finca; hoy se me escapa. Aquel hombre les contaba cuentos de miedo y de misterio bajo la noche estrellada: había huacas ardiendo temblorosas en los pantanos, como embaucadoras sirenas; orugas encogiéndose tortuosas, fabricando nuevos órganos y patas para convertirse no en la esperada mariposa, sino en una araña horrible empeñada —ridícula— en trenzar la crin de los caballos. Mi padre, buen alumno de aquel mayordomo, me transmitió la atmósfera de ese mundo tenebroso. Y, en otro registro, me trazó el semblante de un sinfín de personas de su infancia y juventud, con sus idas y venidas, que se han quedado en mí como si las hubiera conocido.

Esa fue mi infancia: una geografía mental, una tierra que jamás pisé. Mi mamá, a sus ciento y un años, aún recita poemas de corrido, recuerda numerosas canciones, reconoce a cada miembro de la familia, mascotas incluidas, pero su infancia la recuerdo yo mucho mejor.

Después, mi vida ha estado llena de lo propio, pero nada ha sustituido ese mundo mítico de Popayán. Ha sido el sustrato sobre el que he construido todo lo demás. Es humus y humo.